La estructuración de la subjetividad femenina

En otro artículo hemos hablado de la subjetividad masculina; hablaremos ahora de la estructuración de la subjetividad femenina.

La particularidad de las circunstancias vitales de las mujeres las hace más vulnerables, a causa de los factores de riesgo a los que están expuestas en diversos momentos de su vida. 

Estos factores son:

  • la pubertad y adolescencia, 
  • la menstruación, el embarazo, el parto y el puerperio, 
  • la crianza de los hijos, la marcha de los hijos de la casa, 
  • la menopausia y el envejecimiento, 
  • el divorcio, el aborto, la viudedad. 

Además, la singular modalidad en la estructuración psíquica de la subjetividad femenina la expone también a mayores riesgos. 

Las niñas aprenden con sus madres el primer amor mítico incondicional y el primer deseo que, por tanto, es incestuoso: “Tenía que ser para mi madre”, expresa una analizante. 

Este intenso vínculo básico de dependencia y goce, propio de la función materna, requiere un largo tiempo de separación y duelo en la niña y en la madre, dejando en ambas un hondo vacío. 

Veamos dos ejemplos de lo extremada y dramática que puede llegar a ser esa dificultad de separación y en ocasiones el estrago que produce:

  • El primero lo encontramos en el caso Hildegart, en el que una madre mata a su hija cuando ésta quiere alejarse de ella, concluyendo así en un acto de violencia materna. 
  • El segundo ejemplo es el de una hija de veintisiete años que vive dedicada al cuidado de su madre tetrapléjica y que rechaza repetidamente la asistencia de los Servicios Sociales y la intervención de las trabajadoras sociales, que podrían permitirle alimentar su vida con otras actividades y personas que no fueran solamente su madre.

Una función vital en la estructuración de la subjetividad femenina

Para sostener y garantizar el alejamiento y la diferenciación necesarios de la madre y la hija, es imprescindible una instancia tercera mediadora.

Estamos hablando de la función paterna simbólica, habitualmente ejercida por el padre y promovida por la madre: “Yo conozco a mi padre porque mi madre ha querido”, puntualiza otra analizante. 

Esta instancia simbólica es vital para que la niña pueda vivenciar su orientación hacia el sexo, su deseo de maternidad y su apuesta por el amor de un hombre.

En este largo proceso de identificación femenina, las mujeres quedan ligadas mediante su demanda de amor, y dependientes también, primero del amor del padre y luego del amor de un hombre.

Esa forma de amor “arranca a la hija, que se resiste, del abrazo de su madre”.  (1)

El goce

El goce (esa mezcla de satisfacción e insatisfacción) que obtienen de esta posición de demanda y, por tanto, de entrega al amor, las dispone para la seducción y el ofrecimiento sexual.

Se colocan en posición de ser deseadas y de ser amadas por el hombre, causando así el deseo de él y el suyo propio. 

Ofreciéndose al otro como su causa de deseo, se ausentan se sí mismas y gozan, de forma contingente, o como diría Petrarca “en un mar que no tiene fondo ni orilla”.Una forma de gozar que es un resabio del goce mítico materno.

El goce enigmático les brinda un saber, mal llamado intuición femenina, sobre las carencias del ser y del sentido, de ellas, de ellos y de la vida. 

Ese goce las dispone también para la entrega a la maternidad y para la asunción de los valores femeninos de acogimiento, escucha y tolerancia. 

Texto de Norberto Ferrer


NOTAS:

(1) CÁTULO, Poemas, Biblioteca básica Gredos, Ed. Gredos, Madrid, 2000: 

Venus, ¿qué estrella más cruel se mueve por el cielo? Tú que puedes arrancar a la hija del abrazo de su madre, arrancar del abrazo de su madre a la hija que se resiste y regalar la casta doncella a un joven ardiente”
(Poema nº 62)

CÁTULO

El tema de este artículo es tratado de forma más amplia en el libro Psicoanálisis con niños y adolescentes de Norberto Ferrer

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