La producción del sujeto del lenguaje

Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa.

La palabra que sana. Alejandra Pizarnik

Las palabras, que son las responsables de la producción del sujeto del lenguaje, alimentan los diálogos amorosos o los insultos odiosos y toda la construcción cultural humana.

“Cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa”, escribía Pizarnik (recogido de “La palabra que sana” en El infierno musical (1971), Semblanza, México: Fondo de Cultura Económica, 1992.)

El acto de la palabra en Psicoanálisis es el que produce la transferencia simbólica eficaz que es en sí la condición de la cura.

Pero la cualidad de esa eficacia, que construye en el análisis una productividad creciente, excluye cualquier referencia a una finalidad determinada y menos aún una cuantificación estadística, utilitaria o protocolaria.

Las palabras y la cura

Las palabras que curan no son las de nuestro hablar cotidiano, ya que estas no son otra cosa que unos “ensalmos desvaídos” (expresión recogida de Freud, de: Tratamiento psíquico (tratamiento del alma), OC, vol. I, Buenos Aires: Amorrortu Ed., 1992.)

Tampoco son palabras educadoras o adoctrinadoras; a veces ni siquiera son palabras y, si lo son, son las del analizante que transmiten el saber cifrado y descifrable del síntoma, un saber en lo real, saber que dice la verdad sin hablar.

Aquí abrimos un pequeño paréntesis para citar a Lacan, quien el 15 de febrero de 1977, propone tres tipos de saber:

  • 1) un saber consistente, saber del yo, de procedencia imaginaria. Definido como un anti-saber, anti-inconsciente, voluntad de no cambiar;
  • 2) un saber simbólico, saber inconsciente conformado por el anudamiento de lo simbólico y lo real y vehículo de ciertos significantes privilegiados. Este saber conduce al cambio; y
  • 3) un saber en lo real, saber que dice la verdad sin hablar, de manera que ese saber establece una continuidad real del Otro y del sujeto. Saber absoluto, silencioso que evoca la pérdida y, por tanto, la llamada al significante del Nombre-del-Padre.

Sostenía Claude Debussy, compositor francés de finales del siglo XVII: “La música es el silencio entre las notas”, y es a ese silencio del analizante hacia donde se dirige la cura: hacia lo que no puede ser dicho (lo real). 

La cura llega por añadidura cuando el analizante puede asumir las contingencias de ese real en su estructura. Se produce entonces una transformación o modificación subjetiva y un atravesamiento del fantasma inconsciente.

El atravesamiento del fantasma

El atravesamiento del fantasma en un análisis puede permitir:

  • en primer lugar, vivenciar la castración del Otro y la del sujeto;
  • en segundo lugar, separar al objeto pulsional de la identificación con la cadena significante que fija al sujeto a los rasgos ideales;
  • y, por último, bordear también el objeto pulsional —con el cual el sujeto está identificado en el fantasma— y que pueda decir algo de ese goce al cual está fijado.

No se trata, en la cura, del mito de recobrar un bienestar perdido, sino de la reducción del goce del padecimiento subjetivo.

Pero, ¿qué ocurre en el análisis de un niño, cuyo fantasma está en construcción y a la espera de la irrupción de goce que lo defina en la pubertad y adolescencia?

Mi hipótesis es que lo que puede obtenerse es un ajuste estructural de la Función Paterna, con una reducción considerable de goce y un relanzamiento del deseo y de la función simbólica, que activa la simbolización, la represión y la sublimación.

Texto de Norberto Ferrer


Este tema es tratado en el libro Psicoanálisis con niños y adolescentes, de Norberto Ferrer, y en La herencia de las palabras, que recoge artículos de diversos profesionales.

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