Educar, gobernar y psicoanalizar son los tres compromisos que Freud y Lacan consideran imposibles de cumplir, ya que los resultados de las tres actividades nunca serán completamente satisfactorias: siempre hay algo que no se obtendrá ni logrará.
El sujeto humano está estructuralmente en falta, no puede erradicar lo real de sus pulsiones, que no tienen orden ni ley, ni acceder al objeto de deseo.
Educar
La incompletud que caracteriza al sujeto humano no impide al buen maestro intentar la tarea educativa siempre que sepa ser un gestor de incertidumbres, es decir, que pueda tolerar un cierto no saber, tanto acerca de lo que trasmite como sobre la diversidad y complejidad de los deseos de los alumnos y del suyo propio.
Gobernar
También el político intenta la tarea de gobierno con una actividad política que, si bien reemplaza y evita la guerra, no puede satisfacer a la siempre creciente, inevitable y diversa oposición, que reclama a los líderes gobernantes respuestas y soluciones inmediatas para los numerosos malestares y carencias de la vida cotidiana y de la sociedad.
De todas formas, el discurso del maestro o del amo (el político) es la respuesta a la imposibilidad de educar o gobernar lo real.
Psicoanalizar: ¿qué hace el psicoanalista?
El psicoanalista no educa ni gobierna y debe estar muy bien advertido acerca de los ideales que dirigen la acción educativa y política que inevitablemente intentan sugestionar, domesticar, modelar, inhibir, prohibir o sojuzgar el deseo de las personas.
El psicoanalista, a quien no corresponde desear por el analizante, dirige la cura incidiendo sobre la imposibilidad del sujeto de renunciar al goce mortificante y sobre su voluntad de seguir gozando, a su pesar, siempre de la misma forma.
Lo que hace el psicoanalista es accionar sobre el goce sintomático y el goce fantasmático no para alentarlo sino para favorecer que el sujeto acceda a su posible gestión.
(Definimos gestión como la acción que se realiza para la consecución de algo o la tramitación de un asunto, en este caso del goce.)
¿Qué hace el analizante?
La persona que consulta a un psicoanalista (el analizante) le presenta su dolor a través del empobrecedor y torturador sufrimiento que le otorgan sus síntomas.
Espera encontrar una pronta solución a sus padecimientos, asistido por el saber, la confianza y el poder que le atribuye a su interlocutor.
A través del tiempo y del trabajo de transferencia constatará que comprende menos de lo que presumía y que sabe algo más de lo que suponía.
Habitualmente alienado a las demandas y deseos de otros, el sujeto articulará la propia verdad sobre su deseo, desgajando y visualizando poco a poco las parcelas mortificantes de sus goces.
Los efectos
Asimismo, asumirá la verdad de un deseo singular que el discurso científico y el momento histórico actual contribuyen a que sea “anestesiado, adormecido por los moralistas, domesticado por los educadores y traicionado por las academias”;[1]y esto a costa del goce de los síntomas como satisfacción inútil y mortificante que va en contra de su propio bienestar.
El sujeto aprende en análisis a “no ceder en su deseo” ya que éste es la “metonimia de su ser” y el motor de su vida, y por tanto ese deseo no puede ser educado ni gobernado ni domesticado por otros.
Así, el deseo advertido se libera de sus ataduras y el sujeto regula con más habilidad y menos dolor sus elecciones.
La soñada supuesta armonía ideal de completud incestuosa en su fantasma, aun a costa de vivir inconscientemente como un objeto mortificado del Otro, va cediendo paso, en el análisis, a:
- la aceptación de la incompletud,
- la inconsistencia del ser y
- el reconocimiento de sus limitaciones y sus posibilidades.
El “plus de libertad”[2]que se obtiene de este trabajo analítico es fruto de un “saber hacer” con sus síntomas y una más adecuada gestión de sus goces.
La constancia, rigidez y repetición del goce, inherente a los síntomas y al fantasma, reduce su virulencia como resultado de la travesía del fantasma[3]o de la construcción del mismo —a partir de la pubertad—, o del ajuste subjetivo estructural de la Función Paterna.
Un ajuste que produce una reducción considerable del goce y un relanzamiento del deseo y de la función simbólica que activa la simbolización, la represión y la sublimación.
Apunte literario
Para terminar, unos haikus de Mario Benedetti que nos parecen ilustrativos:
Si cae un rayo
Rincón de Haikus. Mario Benedetti
los valientes se abrazan
a los cobardes.
No te acobardes
son grises del crepúsculo
sombras de asombro.
NOTAS:
[1] Lacan, Jacques: La ética del psicoanálisis. Seminario nº 7(1959-60), Barcelona: Paidós, 1986.
[2] Freud, Sigmund, Puntualizaciones sobre el amor de transferencia, OC, Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1979, vol. 12 (p. 173).
[3] Véase mi trabajo: “Clínica en tres registros y cuatro discursos (compendio de un análisis)”. En: XVI Jornadas de Clínica Psicoanalítica: La función del psicoanalista en la cura. Valencia, 2006.
Las XVII Jornadas de clínica psicoanalítica en las que participaron psicoanalistas e instituciones del ámbito nacional se dedicaron a este tema. Existe un libro que recopila las ponencias presentadas con el título: Educar, gobernar, psicoanalizar ¿es posible?








